“Te dormías, te dormías en cualquier parte. Y yo comencé a desesperar y a recaer en la egocéntrica idea que te dormías por culpa mía, porque yo te aburría y no hacía lo suficiente para mantenerte despierta. Y mientras yo egocentraba, vos te dormías; y se fue sucediendo tantas veces esta fórmula. Había apoderadome de aquella idea, me había consumido, habría afirmado a cualquiera que nos haya visto viajar por las capitales que vos te dormías por mis faltas, pero las capitales tenían un tinte diferente, las salas, los buses, los autos y los puentes, y las plazas y los teatros y los cines, y las esquinas de restaurantes y las avenidas y las bocinas y los aviones, en la ciudad vos te podías dormir por cualquier cosa de una interminable lista que yo siempre titulaba con mi nombre. Y no fue sino de la más cruel manera, que entendí, por qué dormías. Una vez arranqué un monólogo, un amigo viejo me invitó un café, y nunca supe si en verdad escuchó algo de todo lo que yo decía o cada tanto exclamaba por alguna noticia de aquel periódico que tenía entre manos, y que cada tanto, pasaba entre sus páginas luego de lamer su dedo índice para agilizar el proceso. - Se durmió, de nuevo che, pero se durmió por primera vez en la tierra, abajo de un árbol, y de repente pensé que tendría frío, pero no pude ayudarla, estaba estancado al suelo, agarrado a un peso descomunal e imponente, entonces, me sacudí un poco y de mis manos comenzaron a caer un puñal de hojas otoñales que la acurrucaron, sonrío, se le soltó el pelo y comenzó a perderse entre la tierra, a ser raíces, a perderse y desencontrarse mientras yo temía, ella se iba entumeciendo entre sonrisas y humedades, sus piernas se extendieron, marcaron un surco en el suelo, se fueron disolviendo y entreformándose en un río. De una parte echaba raíces, de la otra, se escurría y se iba yendo en un antagónico personaje; de un lado se estancaba, del otro corría; y yo la seguía mirando, y de pronto, de sus collares y aros cayeron piedras, de sus manos, sus uñas coloridas, se fueron formando las flores, y empezó, a exhalar un aire puro de cansancio, de cansancio de jardines y los más bellos olores, y ya no de ciudades y situaciones agobiantes, y juntó frente a su boca un conglomerado de diminutos animales, y comenzaron, a ingresar a su cuerpo uno tras otro. De alguna forma se moría, y yo no podía evitarlo. Contemplé, entonces, su muerte. Primero su agonía, su disolución en formas naturales y descomposiciones puras que no podrían aterrarme pero si adolerme lo suficiente, luego, un tibio y progresivo dejo del respirar, unos últimos movimientos del viento, una última melodía. Levantó la cabeza, corrió el diario, me miró perplejo a los ojos y tomó un poco de agua. Y sin respuesta alguna, sin comentario, sin detalles, proseguí. - Bajó en la próxima parada, y se fue perdiendo en aquellas calles oscuras que caminaba dormida. No bajó sola, yo bajé detrás, pero de alguna forma seguí sin poder moverme cada vez que ella estaba; y contemplé, una nueva muerte, una nueva agonía, mientras ella, sólo seguía y seguiría siempre durmiendo. Porque de su dormir, dependía, prácticamente un mundo nuevo.”
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